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Una acogedora fortaleza
11/02/13
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La tranquilidad que se respira tras sus muros, testigos mudos de la historia de la ciudad, y las posibilidades de esparcimiento que brinda su entorno privilegiado han convertido a la Ciudadela en uno de los rincones favoritos de los pamploneses. Esta semana se han cumplido precisamente cuatro décadas de la declaración de este enclave como Monumento Histórico Artístico de Carácter Nacional, a propuesta del por aquel entonces ministro de Educación y Ciencia, José Luis Villar Palasi. Un decreto, con fecha de 8 de febrero de 1973, que venía a sellar la recuperación definitiva para la capital de un espacio cedido formalmente por el Ejército nueve años atrás.

Y es que el 29 de mayo de 1964 otro decreto había fijado la donación al Ayuntamiento de Pamplona del conjunto histórico de la Ciudadela, lo que en la práctica significaba el final de su uso militar. La cesión -que incluía defensas exteriores, fosos, puentes y elementos anejos y supuso, además, la declaración del Casco Antiguo como Conjunto Monumental- tardó en hacerse efectiva dos años, y hasta el 23 de julio de 1966 no se produjo la entrega al Consistorio. Juan Miguel Arrieta, alcalde de la ciudad por aquellos días, fue el encargado de presidir una ceremonia festiva en la que se volcó toda la ciudad, y donde no faltó el desfile de la Comparsa de Gigantes y Cabezudos, un baile en la plaza del Castillo o, incluso, el lanzamiento de fuegos artificiales.

El decreto de cesión fijaba una serie de condiciones. Establecía la necesidad de que se mantuviese la estructura de la fortificación, dado su "singular valor", y el Consistorio se comprometía a restaurar las instalaciones y a dar al conjunto una finalidad cultural, de ocio y esparcimiento. En 1971 el Ayuntamiento llevó a cabo una consulta entre 400 vecinos para conocer las preferencias de la ciudadanía con respecto al uso que se le debía dar a la Ciudadela. La propuesta que más apoyo recibió fue la de crear una zona verde con "edificios históricos restaurados" (42,4%), seguida de la de crear "exclusivamente" una zona verde. Otras opciones barajadas entonces, como la de crear una ciudad medieval en su interior con tiendas de artesanía o un teatro público, recabaron menos apoyo ciudadano.

Finalmente, se respetaron las edificaciones de mayor interés y antigüedad. Los antiguos edificios castrenses pasaron a partir de entonces a acoger actividades culturales: exposiciones, conferencias, conciertos... En la actualidad, cuatro de estas construcciones (Pabellón de Mixtos, Horno, Sala de Armas y Polvorín) funcionan como espacios expositivos. En el exterior, pueden verse obras escultóricas de artistas como Oteiza, Basterretxea, Ugarte, Eslava o Larrea.

A lo largo de estas cuatro décadas, la Ciudadela ha terminado por convertirse en un entrañable oasis en el corazón de la ciudad. En su día llegó a acoger destacados eventos culturales (conciertos míticos, como la actuación de un joven aunque ya consagrado Silvio Rodríguez en el verano del 78, varias ediciones de los Festivales de Navarra...), pero, a pesar de que continúa albergando numerosas exposiciones, aquel esplendor parece cosa del pasado.

Un poco de historia

Fue Felipe II quien ordenó la construcción de la Ciudadela en 1571, como parte de un plan de renovación general de las fortificaciones de la ciudad. El encargado de diseñarla fue el ingeniero militar Giacomo Palearo, y en el proyecto participó también el virrey de Navarra Vespasiano Gonzaga y Colonna. Idearon un sistema defensivo acorde con las teorías arquitectónicas del Renacimiento italiano. El resultado final fue un recinto con planta en forma de estrella de cinco puntas -dos de ellas dirigidas hacia el interior de la ciudad-, desde las que se podían controlar todos los posibles ángulos de ataque. Las obras, en las que trabajaron, en condiciones muchas veces penosas, empleados llegados de pueblos de los alrededores, concluyeron en 1645. Cuarenta años más tarde, con arreglo al proyecto de Juan de Ledesma, la construcción se completó con medias lunas exteriores, y en la primera mitad del siglo XVIII se reforzó de nuevo el sistema defensivo.

Con el tiempo, la Ciudadela dejó de tener paulatinamente utilidad militar -de hecho, durante el bloqueo carlista, en 1874 y 1875, ya se puso de manifiesto su inoperatividad defensiva-, y a finales de ese siglo se había convertido en un impedimento para la expansión de la ciudad, que había visto cómo su población se incrementaba notablemente. Así, en 1888 se decidió derribar los Baluartes de San Antón y de la Victoria, los que apuntaban a la ciudad, para construir el Primer Ensanche, todavía dentro del recinto amurallado. Éste empezaría a caer a partir de 1905, dando paso al que se conocería como Segundo Ensanche. Aunque hoy en día las murallas constituyan un claro símbolo identitario para los pamploneses, y se luche por su conservación, no siempre fue así. En 1915 llegó incluso a darse un auténtico clamor ciudadano por su derribo, ya que, para la mentalidad de la época, suponían un freno al desarrollo urbano. Paradojas de los tiempos.

(NOTICIASDENAVARRA.COM)

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